Dolían mis rodillas, mi cabeza ardía, mis lagrimas ya no caían, el zumbido se acrecentaba y solo deseaba el regalo de la muerte y el descanso eterno, deseaba ser juzgado… deseaba mi libertad.
Escuche los disparos a la vuelta de la esquina, escuche a los inquisidores tomando la vida de los que aun nos resistíamos a toda esta penuria… guiados, por aquel que bajo del cielo en aquel alo macabro y aquel que salió de los Mares…
El miedo fue extremo y desapareció al instante, todo se hizo sencillo y sentí aquel niño que había perdido hace tanto tiempo en mi interior… y comencé a rezar:
“Padre Nuestro que te hayas en el Cielo, no por caber allí, mas por que vea la primera Creación tu primer celo; Santificado tu Alto Nombre sea por la criatura, y suba su holocausto al divino vapor que te hermosea.
Venga a nosotros Tu Reino, porque exhausto caerá, sin alcanzarlo, el mortal vuelo, si no le ayudas con Tu impulso fausto.
Tu Voluntad, Señor, se haga en el suelo como en lo alto do el hosanna envía en torno Tuyo el querubín del Cielo.
El pan nuestro de cada día, que el mundo, sin él, por los fragores, quien mas quiere avanzar, mas se desvía.
Y perdona a nosotros Pecadores nuestras deudas, Señor, cual perdonados por nosotros son hoy nuestras deudores.
Y caer no nos dejes abrumados en Tentación; mas del contrario líbranos, que nos lleva mal parados.
La prez postrera, ¡oh Padre sin segundo!, ya no la hago por mí, que no me alcanza: si por los que detrás dejare en el Mundo.”
…Amen…

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